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| Robben Island: A 12km de Ciudad Del Cabo |
1- El Sgto. Gregory era el funcionario de prisiones del régimen de Apartheid sudafricano encargado de revisar la correspondencia de Nelson Mandela en la prisión de Robben Island, en los años 70. Puritano y abnegado hombre de familia, creía que la división entre negros y blancos era justa, y la había decidido Dios. Las razas no se mezclaban, según su entendimiento, así como los leones no se cruzan ni conviven con los cuervos. Se había criado con la idea instalada por sus mayores de que un negro era un potencial peligro, probablemente terrorista, de seguro comunista, por naturaleza vago y sucio. Cumplía con esmero su tarea de vigilar al líder encarcelado, intentando intimidarlo y maltratarlo al principio. Una tarde, un funcionario de alto rango del Ministerio de Informaciones (vendría a ser una CIA sudafricana) se acercó a la isla que servía como cárcel de 300 hombes del CNA (Congreso Nacional Africano) calificados como terroristas y le preguntó al joven sargento qué debía hacerse con Mandela según su opinión; “ahorcarlo, como a todos ellos” contestó con mas furia impuesta que convicción. “Les regalaríamos un mártir”, replicó el burócrata, fumando su puro con calma y mirándolo sobre los hombros.
Con el mar picado del Atlántico Sur de fondo, agregó “haremos que se pudra aquí dentro. Privarlo de su libertad es oxidarlo, y nadie se acerca a las cosas oxidadas”.
Con el tiempo, Gregory se acercó progresivamente a Mandela (no sin problemas por ello). Conversó con él. Se preocupó por conocerlo. Dejó de gritarle y lo escuchó. Terminaron amigos. Hasta el día de hoy.
2- Hay dos versiones sobe lo que le pasó al gato. La primera dice que la curiosidad lo mató.
La segunda pontifica que eso mismo fue lo que lo mantuvo vivo.
Creo que a la primera versión la escribió un cobarde.
Y que a la segunda la divulgó un curioso.
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| Charly Garcia y el servicio militar |
3 - No hay un ser humano en la historia de este planeta que tenga menos en común con las Fuerzas Armadas que un tal Carlos Alberto García Lange (Charly García). Dicho personaje fue conscripto a fines de los 60 y cumplió dos meses del Servicio Militar Obligatorio, sobre el epílogo del Onganiato.
Lo dieron de baja por razones psicológicas al verlo sacar a pasear al patio de su unidad a un cuerpo de la morgue, montado sobre una carretilla. “Lo vi un poco pálido”, explicó.
Charly no estaba loco (lo estuvo alguna vez?). Solo se sentía harto de esos verde oliva que le gritaban todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo, diciéndole qué hacer y qué no, llamándolo rata, mierda o cobarde.
Años después escribió una canción sobre aquella experiencia. Se llamó “Botas locas”.
La cantó en pleno Proceso, pero del otro lado del Río, en Uruguay. Se lo llevaron preso.
Lo interrogaron. Les dijo a los milicos de la dictablanda charrúa que habían escuchado mal. Que el no había dicho “si ellos son la patria yo soy extranjero”.
El había cantado “si ellos son la patria yo soy el primero”.
Lo soltaron.
La siguió cantando igual, con los censores que eran enviados agudizando los oídos. Subía los teclados por sobre dicha frase y se hacía difícil distinguir. El coeficiente intelectual del censor nunca es demasiado alto.
El diario de mayor tirada del país es un gigante con capacidad para dañar o ensalzar gobiernos, y marcar la agenda. Quizás el hecho que sea tan pero tan grande sea la mejor razón de tener una Ley de Servicios Audiovisuales como la que tenemos para reemplazar a la de la dictadura. Algún límite había que ponerle de hecho a esta expansión monopólica. Además, Clarín tiene un serio problema con la verdad, una riña seria con el periodismo objetivo, y una amistad con sus intereses sectoriales a prueba de toda razón.
Tampoco permite la sindicalización de sus empleados.
Y como corolario, goza de papel barato, regalo de los militares, papel manchado de cuanto menos, dudas, y cuanto más, sangre.
Pero el ser humano tiende a la libertad; de elección, de expresarse, a todas las libertades tiende el ser humano.
Bloquearon Clarín?
Al otro día vendió 2 millones de ejemplares.
No se puede tapar el sol con un dedo.
Y el intento, genera curiosidad.



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